En el año 2010, mientras trabajaba en una ONG del área de inmigración y emigración a España, tarea que compartía con mi ocupación cotidiana, que era visitar en sus casas a clientes de una empresa de servicios públicos. Toda mi vida me he relacionado con las personas, tanto a nivel laboral como en asociaciones, grupos de ayuda o colaboración. Siempre tuve una actitud y vocación solidaria, siempre quise, y aun lo quiero, vivir en un mundo mejor, uno más justo y principalmente más humano. Este era mi día a día.

Pero de pronto la gente, el contacto personal, me empezó a molestar. Comencé a sentirme mal, por motivos que no entendía. Mi existencia fue cayendo, poco a poco, en un torbellino de dificultades. Cada día me encontraba peor. Las dudas no me dejaban avanzar hacia adelante, no lograba tener un pensamiento tranquilo.

Tenía indigestiones todos los días. Me sentía frustrado y no sabía porque. Los pensamientos negativos no dejaban mi mente. No dormía, porque buscaba explicaciones que no encontraba. Y cada día arrancaba la mañana cabreado con todo y con todos. La culpa se empezó a meter en mi espalda y en mis hombros.

¿Cómo ayudar, estar con la gente, algo que siempre fue un orgullo para mí, se había transformado en un problema, por qué sufría tanto por ello?

Tenía que buscar ayuda. Acudí al médico de cabecera, que un tiempo antes había descubierto que mi tensión arterial se había desbocado. Y por otro lado, asistí a una psicóloga. Entre uno y otro el diagnóstico fue depresión: tenía que tratarme.

Me costó mucho aceptarlo. Asumir que uno sufre depresión es muy doloroso. Pero es que al final me vi obligado a hacerlo, tuve un problema muy desagradable en el trabajo. Así es que, con el apoyo de la psicóloga y de mi médico, inicié un tratamiento, quería curarme.

Hice un cambio en mi alimentación, incorporé la relajación, lo que produjo una re-conexión con mi cuerpo. Y empecé terapia. Trabajé en cuadernos y notas donde investigaba sobre lo que me sucedía. Leí muchísimo para aclararme, buscando libros que tuvieran que ver con lo que sufría. Necesitaba explicaciones.

Hice ejercicios donde trataba de procesar, de forma distinta los pensamientos negativos, que en esos días vivían “a sus anchas” en mi mente. Y en algún momento comencé a recuperarme, el tratamiento y los nuevos aprendizajes que iba adquiriendo acercaron mi curación. Todo esto me llevó casi 2 años.  

Así es que todo esto trajo consigo una nueva manera de ver la vida: me di cuenta que mi existencia tenía un sentido mucho más profundo, recuperé la alegría. Pero pasó algo curioso, por lo menos visto desde ahora: quería contar y contar lo que había sufrido y cómo logré superarlo. Nació una profunda necesidad de que otras personas conocieran ese proceso. Por tanto, y con muchas dudas al principio, pero con una íntima idea de que lo que hiciera podía ayudar a otras personas, nació la construcción inicial del libro Momentos de Lucidez.

Y luego ya, por añadidura, se fue dando el diálogo sobre este trabajo, y sobre la problemática de la depresión, con muchos amigos y amigas que entendían que era posible hacer algo más. Del mismo modo conversé mucho con profesionales de la salud, y con asociaciones del sector, porque quería entender mejor qué sucede a nivel social con esta dolencia. Todo esto desembocó en la conformación del equipo actual de Momentos de Lucidez y en la construcción de las herramientas de comprensión, diálogo y apoyo que ofrecemos a todo aquel que pueda necesitarlo.

Realmente me produce mucha alegría haber salido de un periodo tan amargo en mi vida y estar ahora compartiendo este emprendimiento.

Gracias a todos.

Helios Edgardo Quintas Diaz

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