Si te encuentras mal, realmente mal, busca ayuda, no te quedes sola ni solo, en ningún momento. Siempre, siempre habrá alguien que te comprenda. Si tienes dudas sobre algo, pierde la vergüenza y pregunta. No le des lugar a la queja. La queja, si no logras quitártela de encima, te enferma.

Si pretendes estar mejor en tu vida produce un cambio. Entiendo que no siempre es sencillo, porque muchas veces vivimos condicionados por nuestro entorno. Pero hablo del cambio interior, ese que te empuja a conseguir tus sueños y objetivos, y por encima de todo, el que te permite valorar la vida en todas las situaciones posibles.

Todas y todos podemos tener un momento complicado, todas y todos. Y también, todas y todos, queremos ser felices. Por eso:

  • Si estás decidido a acabar con tu vida, llama a los teléfonos de emergencia de donde vivas, te pondrán en contacto con alguien que te ayudará. Hazme ese favor, por tí y por mí, aunque no me conozcas, te lo pido de ser humano a ser humano.
  • Si me quieres consultar cómo te puedo ayudar, desde mi trabajo de coach, escríbeme a: helios@momentosdelucidez.com y solicita una entrevista.
  • Te copio el capítulo 4 Perder el plan de vida de mi libro Momentos de Lucidez, Cómo superé mi depresión, por si te resulta útil:

Capítulo 4: Libro Momentos de Lucidez

Perder el plan de vida (pensar en el suicidio)

La sensación de vida concluida se apoyaba en el pensamiento de que ya nada tenía sentido. Me había generado la idea de que no servía para nada, ni para nadie y que, además, todo lo que hacía no lograba resultados. Como mi calidad de vida la justificaba y la apoyaba en «el hacer», la valoración de mí mismo se basaba en la cantidad de cosas que hacía. Por lo tanto, vivía en una carrera eterna para obtener resultados.

Había perdido el norte y no encontraba cómo salir de esta situación. Cada intento nuevo de solucionar de alguna forma lo que estaba sufriendo era un fracaso. No podía ver la utilidad de las recomendaciones de mi terapeuta porque incluso desconfiaba de su eficacia. Y vivía de replanteo en replanteo, lo que a veces me ayudaba unas horas para luego volver a empezar.

Cuando uno está sano, mental o psicológicamente, vive con «normalidad» su existencia, con independencia de las condiciones externas, familiares, económicas o incluso políticas. Con esto quiero decir que uno elige los caminos que va a seguir, establece para sí mismo un plan de vida, sabe hacia dónde ir o qué hacer. Puede volver a su pasado y usarlo de apoyo, puede aceptar su presente o disfrutarlo más allá de tener deseos futuros.

Todo esto se puede tener porque así es la vida, y más cuando uno elige cómo vivirla. El grave problema se produce cuando esto se pierde, y cuando por una enfermedad como esta de la que hablamos, uno no sabe hacia dónde va: cuando el solo hecho de existir se transforma en un calvario, cuando vivir no es un regalo sino una condena.

Por esto, y por todo el cuadro relatado, alguna vez cruzó mi mente terminar con ese suplicio y arrancarme de cuajo todo ese dolor. Por eso llego a entender el suicidio como solución a este padecimiento, aunque no quiere decir que lo acepte. Sin embargo, es necesario comprender por qué llegamos a un momento tan dramático.

Me atrevo a decir, con la mesura y la prevención que corresponde, que existirá un suicidio «existencial» que, con el cuidado de la palabra elegida, se pueden vincular a aspectos como la trascendencia (no sólo poética) que ha llevado a artistas, o a personas con una valoración de sí mismas muy particular, a suicidarse. Tal vez estas personas efectúen una acción tan definitiva por motivos propios a estas formas de ser.

Pero el suicidio producto de una depresión no tiene intención de trascendencia, sino de curar, de quitarse de encima el sufrimiento infernal cotidiano. Borrar en un solo acto el pesar y la amargura, los sentimientos dolorosos e inexplicables como la ira, la vergüenza, el miedo, la desesperación, la soledad o la frustración, entre muchos otros.

Sé que estas líneas pueden generar reprobación o incomodidad; de hecho, yo ahora mismo me siento muy incómodo asumiendo este asunto, porque el suicidio es algo muy desgarrador e inexplicable, tanto para la persona que lo sufre como para quienes le quieren. Pero aun con esa sensación incorporada me veo en la obligación de plantear este tema, porque de no hacerlo estaría evitando algo muy importante y que merece que me involucre.

El suicidio reúne en un solo acto, en cierto sentido, todos los síntomas. Por eso es muy importante detectar el proceso previo, cómo se llega a una situación así. El suicidio puede parecerse mucho a una solución o a un descanso para aquel que lo sufre, porque ha perdido su plan de vida y porque su mente le está mandando la peor señal y el peor pensamiento negativo posible, que es: el mundo estaría mejor sin mí. Esta frase, tan corta y tan equivocada, ronda los pensamientos de todos los que tuvimos depresión alguna vez. Yo resistí ese pensamiento.

Pero de lo que se trata no es de resistirlo, sino de que no se genere nunca. Que lo haya pensado y haya tenido que resistir implica que mi mente lo generó. Esta enfermedad es así: hizo que actuara como un autómata de pensamientos, acciones y sentimientos que nunca hubiese imaginado antes ni, especialmente, después. En su momento tuve la intuición, la fuerza y también la suerte individual (o la suma de las casualidades necesarias) de no llegar a un extremo tan terrible.

Cierto es también que mi familia y los profesionales de la salud que fui encontrando me orientaron de manera correcta. Pero incluso asistido y rodeado de seres queridos podemos llegar a un momento así, a pensar de ese modo, porque el suicidio es en sí mismo una decisión y una acción absolutamente solitaria. Por tanto, la pregunta que se impone en un momento como este es si realmente esta decisión es propia de uno mismo o si está condicionada.

Por eso, con permiso del lector, quiero dirigirme a aquella persona que hoy piensa en el suicidio:

—Si tu idea es quitarte la vida, estarás de acuerdo conmigo en que por algo lo haces, aunque no sepas explicarlo, aunque no reconozcas que estás deprimido. Porque te dices a ti mismo: «Eso no va conmigo». Hay una razón que te condiciona. No tienes a quién hablarle de esa sensación pero esas ganas las tienes, ese impulso en el que muchas veces te suena lógico y hasta relajante pensar. «Ahí está lo que busco», te dices a ti mismo. Por eso quiero pedirte que te preguntes: «Esa sensación y ese pensamiento ¿no serán producto de una mentira? No habrá algo que me hace pensar de este modo?».

»Hoy tu vida es una porquería, o así la sientes, quieres acabar con ella, y te parece que el mundo estaría mejor sin ti. O tu vida, por el contrario, va de maravillas pero tú no le encuentras sentido. O tal vez no puedes seguir viviendo sin tu ser querido que ha muerto. De acuerdo. Si fueras la peor persona de este mundo, o la más lograda, o la que más sufre ¿tendrías derecho, solo por haber nacido, a pensar, sentir o hacer algo que te haga bien en tu último día?

Puede que la respuesta sea: “No, no tengo derecho a nada, lo aceptaré”. Pero si tienes dudas, entonces te pido que razones conmigo una cuestión. La acción de pensar no depende de otros sino que depende de cada uno. Es un derecho en el que nadie puede intervenir, es algo completamente tuyo y algo completamente mío. Quiere decir que tú por tu lado y yo por el mío elegimos decirnos: “Mi vida es una mierda, no le encuentro sentido, no puedo vivir sin mi ser querido”.

Me puedes decir que por el dolor, sea cual sea la causa, no puedes pensar de otra forma, que te sientes obligado a actuar así. Pues admito que el dolor puede hacernos considerar en terminar con todo de una vez. Pero es una elección de cada uno, nadie interviene, ni siquiera el dolor que puede condicionarnos, pero nunca obligar.

»Llegado este punto, puedes dejar de leer este libro: lo comprendería. Pero si decides seguir adelante, quiero pedirte que te hagas una nueva pregunta: “Cuáles son las cosas que más me gustan?”. Hazte la pregunta varias veces y elige varias opciones. Escríbelas y déjalas a la vista para considerarlas. Luego piensa que para disfrutar de estas acciones no tiene que intervenir nadie; tiene que ser algo absolutamente tuyo y de nadie más. Convéncete a ti mismo de que las que eliges son las que más te gustan. Una vez hecho esto, te propongo que vivas un día más, solo un día—no pretendo influir en tu decisión, ni engañarte— y que durante tu último día hagas o sientas o sueñes aquello que has elegido. También vale soñar porque de lo que se trata es de disfrutar.

Acuérdate de que eres tú el que decide, nadie puede influenciarte en ese sueño, gusto o quehacer; todo es válido. Ya sea masturbarte (acto íntimo por naturaleza) o gritar, cantar, correr, dormir o solo pensar en tus sueños incumplidos…, aquello que más te guste; decídelo y hazlo, y disfrútalo, disfrútalo al máximo.

»Después de ese día, cuando hayan pasado unos minutos de deleite y de gozo, seguirás pensando, posiblemente, en tu idea original. Pues me queda hacerte una última petición: piensa si todos los días y todos los momentos fuesen como los que has elegido y disfrutado. Piensa en ello, porque eliges hacerlo.

Y luego, cada vez que te llegue la idea de acabar con tu vida, recuerda las sensaciones bonitas que has vivido producto de las acciones que habías elegido para ese día, completamente tuyo. Hazlo repetidamente, todas las veces que necesites, cada vez que vuelva ese pensamiento.

Reconozco que lo que te estoy diciendo puede sonar muy simplón o hasta cursi. Aun así, permíteme, esta sola vez, demostrar que a un pensamiento, un sentimiento, una convicción, una estratagema o incluso a una decisión se pueden imponer otros. Siempre hay una variante, siempre. La mentira —insisto en que me permitas llamarla así— que tienes ahora en tu cabeza es que solo hay una opción.

Pues bien, empieza a decirte a ti mismo que es un engaño, algo falso. Y cuando te fuerce a sentirte mal nuevamente repite el proceder que tú mismo te has creado. Aunque parezcas un autómata, hazlo. Lo peor que te puede pasar, incluso sintiéndote muy ridículo con lo que sea que hagas, será que sigas viviendo.

»Y, por supuesto, busca ayuda, no lo dudes un segundo; busca ayuda, siempre hay alguien que puede ayudarte, siempre. Si no hay gente a tu alrededor que te comprenda acude a los médicos de guardia de cualquier hospital y plantéales lo que te está sucediendo, porque —recuerda— no es normal. No eres tú mismo quien te hace pensar así. Apóyate en estas cosas para juntar fuerzas y busca un profesional que te ayude y te oriente. Tu vida es muy valiosa.

Entiendo el esfuerzo de los profesionales psicólogos, psiquiatras o médicos en general, como entiendo a los familiares que intentan mostrarse comprensivos ante una situación así. Pero lo verdaderamente importante que hay que comprender es que durante una depresión nuestras actitudes, acciones y sentimientos son muy similares a los de un hipotético robot humano. Cuando uno sufre de lo que estamos hablando tiene el pensamiento, la coordinación y la voluntad en manos de esa enfermedad y no puede desconectarlo como quisiera.

En los momentos más difíciles, esos en donde pensé en la peor decisión, en qué hacer con mi vida, mi salida fue decirme a mí mismo, no una sino muchas veces: siempre hay otra opción, siempre, incluso cuando no hay opción siempre hay otra opción, siempre hay otra opción.

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