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P.: Cómo contar el proceso depresivo que sufrí y del que recién estoy saliendo?. Seguramente no podré hacerlo como Helios Edgardo Quintas Diaz, cuyo libro me plantó la enfermedad en la cara como quien da un tortazo y -justamente por eso- me ayudó tanto a reflexionar sobre lo que me pasaba.

Mi historia puede ser la de cualquiera, pero esta es la mía y que aún me pesa. Fueron cuatro años duros de pérdidas de afectos genuinos y, la quinta y última, fue la que me subsumió en esta pesadilla. De repente, y sin esperarlo, mi mundo se desmoronó por una llamada que duró apenas 5 minutos con cuarenta segundos.

Así empezaba el trastorno más grande que sufrí en mis cincuenta años. Impávida primero, y después con una angustia que pesaba sobre cada uno de mis músculos y mis huesos, no podía evitar el llanto y la falta de apetito. Cuatro meses en ese estado, 24 horas al día, me hicieron perder 10 kilos en dos meses, disminuir mi tonicidad muscular y acumular un agotamiento indescriptible por la imposibilidad de dormir.

La llamada y sus consecuencias me ronroneaban en la cabeza todo el tiempo y lo único que me permitía escaparme de eso era dormir. Pero, lo conseguía muy poco porque hasta en mis sueños aparecía una y otra vez, cada palabra de esa conversación telefónica y las pesadillas se repetían hasta que me despertaba empapada en llanto.

Asistía a una psicóloga que me ayudó, pero igualmente yo no podía sacarme esa pena (que aún persiste, pero con menor intensidad) y que hacía que mis días transcurrieran con lentitud pasmosa. No podía hacer casi nada. Me pasaba horas sentada en una silla mirando la pantalla de la computadora sin poder leer una línea y mucho menos pensar en trabajar. Sólo esperaba que el reloj corriera para tomarme una copa de vino, relajarme y después irme a dormir.

Las cosas que tenía que hacer se acumulaban en mi lista de pendientes y hasta la más simple de mis actividades implicaba un esfuerzo desmedido. Salir a pasear con mi perra o ir a hacer una compra me obligaba a ponerme anteojos oscuros (aunque lloviera) para que mis vecinos no vieran mis ojos con lágrimas. Era un verdadero esfuerzo detenerlas.

Y lo peor era mi cabeza que seguía escuchando a cada instante y como una cinta sin fin, los cinco minutos con cuarenta de la conversación telefónica. Se me cruzaban miles de interrogantes que no tenían respuesta y entonces empezaba a especular con todos los escenarios posibles, sin que ninguno tuviera un vilo de certeza. La incertidumbre que eso me generaba profundizaba mi angustia y, además, por cada día que pasaba más palabras no dichas se atragantaban en mi garganta.

Toda esta situación me llevó a aislarme cada vez más. Sentía que “mi mundo” no lograba comprenderme y me pedía un olvido repentino o una suerte de amnesia del dolor, que para mi era más difícil que escalar el Everest. Así terminé distanciándome de mis afectos o cansándolos con mi angustia y mi depresión. Ahora, después de todos estos meses, empecé a entender que no podían verme en el estado en que estaba porque verme sufrir de tal manera, sin encontrar una salida y una nueva perspectiva a mi vida, les resultaba también a ellos demoledor.

Si me preguntaran hoy cómo es que empecé a sentirme mejor y menos deprimida, no sabría decirlo. Creo que la ayuda profesional fue determinante y que aunque hoy sigan esas mismas preguntas sin respuestas, he conseguido aprender a pensarlas sin tanta angustia. Sin embargo, admito que continúo en la ardua tarea de recuperación y que los esfuerzos son cotidianos para evitar las descomposturas y el llanto.

Al mismo tiempo tengo que admitir que haber leído Momentos de Lucidez me dio un espaldarazo para poder seguir peleando contra esta dolencia que, a diferencia de las otras, no me imposibilitaba hacer una cosa (como cuando uno se quiebra un brazo), sino que no me permitía transitar la vida misma. Como Helios Edgardo Quintas Diaz pensé muchas veces en acabar con mi vida. Hubo entonces algunas razones -hasta banales- que me impidieron hacerlo y hoy, por lo menos, ya casi no lo tengo como opción. Aún así, sé que tengo un largo camino por delante, de trabajo con profesionales y de esfuerzo personal que me permitan librarme de esta mochila cargada de angustia, duelos y penas. Pero, y lo más importante, es que he recuperado la capacidad de pensar que puedo seguir adelante aún después de los duelos y de una llamada de cinco minutos con cuarenta segundos.

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